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La visibilidad del Teatro Real

Las historias del Real - Capítulo 17

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

Es casi un tópico afirmar que "el Real es un teatro con mala visibilidad". La propia taquilla lo confirma: hay decenas de localidadse marcadas con la desalentadora indicación de "visibilidad reducida o nula": 

¿Cómo es posible? ¿Es que en los siglos XVIII y XIX no sabían construir teatros? ¿Por qué hay que esperar hasta el siglo XX, y más bien hacia el final, para que los teatros cambien su morfología?

Pero si estas mismas dudas se las trasladásemos a un espectador del Teatro Real del siglo XIX se estrañaría muchísimo. Nos miraría como a dementes, para acabar contestando que el teatro tiene una visibilidad buenísima.

Podemos darle la palabra a Gustavo Adolfo Bécquer, en la revista El Contemporáneao de 1863: "El Contemporáneo no da hace muchos días las revistas musicales que echan de menos sus lectores. Para hablar siempre de las mismas óperas, para señalar las mismas faltas, para hallar solamente un motivo de elogio entre cien de censura, vale más no escribirlas. Pero, sin embargo, vamos al Teatro Real; tal vez la casualidad nos depare una buena noche y, al menos, si no oímos una ópera bien cantada, nos indemizaremos contemplando el aspecto de la sala, siempre hermoso, siempre brillante, siempre respirándose en ella una atmósfera llena de belleza y buen tono. Eso contando con que no esté a oscuras, que bien suele suceder".

Efectivamente, los espectadores decimonónicos iban al Real a escuchar ópera mientras miraban la sala. Iban a verse los unos a los otros, y para eso no hay nada mejor que la forma de herradura que deja los palcos enfrentados entre sí. El teatro es un lugar de reunión social donde mirar y ser mirado, donde el espectáculo principal está en el palco de enfrente y donde a veces, solo a veces, se atiente a lo que sucede sobre el escenario. Eso ocurrí aen los momentos culminantes de cada ópera, y ya se preocupaban los intérpretes de cantar sus arias bien colocados en el centro de la embocadura del escenario, justo delante de la concha del apuntador, donde se los podía ver desde todas las localidades.

El mayor cambio que ha sufrido el teatro a lo largo de su existencia no es el de las reformas ni el de la producción de la ópera. El cambio fundamental es el del público, que ya no va al teatro a pasar la tarde, sino que va a la ópera. Somos nosotros los que ahora queremos ver otra cosa en un edificio que se construyó para usos sociales diferentes.

El mérito de ese cambio de actitud del público de la ópera se suele atribuir a los aficionados wagnerianos, muy a finales del siglo XIX, y a su exigencia de respeto, de veneración, por la integridad de la obra del maestro. Directores como Arturo Toscanini fueron los que obligaron al público a atender todo el tiempo a lo que ocurría en el escenario. A llegar puntuales. A no marcharse antes del final de las óperas. primero con als de Wagner y luego, por extensión, con todo el repertorio. Pero eso es sólo una parte de la verdad.

No lo hubieran conseguido, o no lo hubieran conseguido tan rápido, sin la ayuda de la luz eléctrica. La sustitución de la iluminación de gas por bombillas eléctricas dentro de los teatros, en esas mismas fechas, ofreció por primera vez la oportunidad de dejar la sala a oscuras durante la representación, cosa impensable hasta entonces. Pero con ese invento se escamoteaba al público lo que era su espectáculo principal y se le obligaba a girar la cabeza para mirar todo el tiempo al escenario.

La sala a oscuras, que enfadaba tanto a Bécquer en 1863, era un signo de modernidad en 1900. Empezaron entonces las escenografías en tres dimensiones a sustituir paulatinamente los telones pintados y los directores de escena repartieron a los cantantes por las cuatro esquinas del escenario.

Y es en ese momento cuando una parte del público se da cuenta de que lo único que está iluminado dentro del teatro, el único sitio al que merece la pena mirar, es precisamente el que no se ve desde su localidad. ¡Vaya por Dios!...