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El estreno de Parsifal

Las historias del Real - Capítulo 2

La historia del Teatro Real contiene pasajes dignos del libreto de alguna de las grandes óperas que han sido representadas sobre su escenario.

Con motivo de la celebración de su Bicentenario (1818-2018), rescatamos algunos de los momentos únicos -desde acontecimientos históricos hasta geniales curiosidades- que se han vivido en esta casa de la ópera.

El estreno de Parsifal
El estreno de Parsifal
En noviembre de 1913, los empresarios que inauguran la 64ª temporada del Teatro Real saben que con su contrato les ha caído un premio gordo.  Desde su estreno mundial en el año 1882, por expreso deseo de Wagner, la ópera Parsifal se podía representar exclusivamente en el Teatro de Bayreuth. Esa prohibición solo se atrevieron a saltársela una vez el Metropolitan de Nueva York y otra vez, pero con autorización de la viuda de Wagner, el Teatro de Montecarlo, que tuvo que aceptar que nadie pagara entrada.

En 1914 caducaba la exclusiva de Bayreuth, por lo que todos los teatros de ópera del mundo programaron Parsifal el día 1 de enero, para atender la expectación de su público por una obra que jamás habían oído. El Liceo de Barcelona consiguió adelantarse a todos justificándose con el adelanto de la hora legal en España, por lo que programó la representación a las 23.00 horas del día 31 de diciembre de 1913, que en Alemania eran las 00.00 horas del primer día de 1914. La función acabó pasadas las cinco de la madrugada.

En Madrid el Teatro Real encomendó la dirección de Parsifal a José Lassalle en el podio y a Luis París en la escena, y el elenco estaba formado por el tenor Carlos Rousselière (Parsifal), la soprano Alicia Gusalewicz (Kundry), el barítono Doménico Viglione Borghese (Amfortas), el bajo Gaudio Mansueto (Gurnemanz) y el bajo José Torres de Luna (Klingsor). El estreno se convirtió en lo que hoy llamaríamos un acontecimiento mediático. Toda la prensa, desde quince días antes, se esmeró en publicar informaciones sobre la obra, guías para su escucha, resúmenes, curiosidades y anecdotarios. La Asociación Wagneriana de Madrid, especialmente activa, presentó la ocasión como punto culminante de los trabajos para difundir la obra de su ídolo, pero también hubo quien señaló que eso se hacía incumpliendo una de las disposiciones más estrictas de Wagner.

Nunca el Teatro Real había ofrecido a su público una ópera de tanta duración, de manera que los abonados pudieron votar si preferían una única sesión de seis horas o dividir la representación en dos sesiones, una de tarde de dos horas y una de noche de cuatro horas, con dos horas de separación entre las dos para poder cenar. Para escándalo de los wagnerianos los abonados optaron por la sesión partida. Wagner se removería en su tumba pero ellos no estaban dispuestos a saltarse la cena. La empresa del Real dio facilidades instalando un buffet frío en los pasillos del teatro para que los espectadores no tuvieran que salir del edificio. Fue todo un éxito.

La crítica fue, en general, benévola. Se elogió sobre todo el esfuerzo de todos los que participaron en el estreno y se premió mucho más el hecho de haber estrenado Parsifal que el resultado artístico de la función. Los más ecuánimes (que no eran tantos) señalaron dificultades previas: los coros eran muy flojos, en especial la cuerda de bajos, y el anticuado Teatro Real de 1914 no estaba preparado técnicamente para una representación de este tipo. Pero las decoraciones nuevas, preparadas por Amalio Fernández, fueron muy aplaudidas, particularmente una móvil, la del interior del templo del Grial, pintada sobre 110 metros de tela, que iba pasando, de un rodillo a otro, por el fondo del escenario.

En cambio la orquesta solo recibió parabienes. Se señaló como extraordinario lo que hoy es moneda corriente: el sobreesfuerzo de ensayar una ópera mientras se hacen funciones de otro título. Claro que entonces se cambiaba de título todas las noches, en los diez días anteriores a la primera de Parsifal en el Teatro Real se representó I puritani, Carmen, Rigoletto, Lucia di Lamermoor y Manon.

Del director José Lassalle todos destacan que llevó la obra exageradamente lenta y pocos señalan que pese a estar ducho en lo sinfónico el Parsifal fue la primera ópera que dirigió. No se hizo ningún corte, se representó íntegra, eso sí, cada solista cantó en su propio idioma (francés, alemán, italiano y español) y a todos les pareció tan normal.